El día en que nací.

Yo un día, fui tan joven, tan joven, tan joven, que entraba en el vientre de mi madre. Y allí estuve durante 7 largos meses. Al primer mes, mi madre se dio cuenta que yo estaba dentro de ella y se le llenó la cara de felicidad. Mi padre al verla le preguntó que por qué estaba más feliz que de costumbre. Y ella le dijo que estaba embarazada. Mi padre, se puso contento, se sentía el más feliz de la tierra, no cabía en su interior del gozo. Así pues, para celebrarlo, compró el obiiiilllo de tela roja más grande que había en el mundo. Era tan grande como una montaña.
Cuando se lo trajeron, mi padre cogió un extremo y mi madre otro. Tras darse un apasionado beso y decirse mutuamente que se querian, corrieron en direcciones contrarias: uno hacia el norte y otro hacia el sur. Corrieron y corrieron hasta encontrarse en la otra punta del emisferio, en algún punto de Australia. Cuando estuvieron juntos de nuevo al cabo de tres meses por las estepas australianas, se miraron a los ojos y tras fundirse en otro beso, echaron a correr en direcciones contrarias de nuevo: uno hacia el Este y otro hacia el Oeste.
Cuando al cabo de cuatro meses se encontraron de nuevo en casa, llenos de felicidad, hicieron un lazo con la tela roja que les había sobrado.
“Al nacer… comprendí…. que mis padres… me habían regalado el mundo”

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