En el camino… la marisqueadora.

 Los días pasan lentos, queriendo que sean disfrutados en su totalidad. No hace mucho estuve andando por parajes norteños. Quedé a expensas de una lluvia feroz que se había levantado y andaba sin rumbo fijo por un camino en dirección a la costa. Una mujer que a caballo iba, me preguntó al verme, si andaría mucho tiempo con la que caía. Yo le contesté que lo justo hasta que encontrara cobijo. Después de reírse e indicarme que antes de encontrarlo probablemente estaría con una pulmonía, me ofreció amablemente su casa.  Se encontraba al lado de un puerto y a varios kilómetros de la ciudad. La casa parecía bien solitaria y en aquel día lluvioso, apagada y sin luz. Al llegar, me ofreció algo de ropa mientras se secaba la que llevaba puesta; también me dio algo de comer y una taza de caldo para entrar en calor. Le di las gracias y le pregunté a que se dedicaba. Ella me dijo que se ocupaba de la casa y que por las mañana se iba a marisquear en la ría que había a no más de dos kilómetros de aquí. Se levantaban pronto, para aprovechar la bajada de las aguas y así, entre los arenales, encorvarse y excavar para sacar el fruto que tanto necesita para poder vivir. Así bastantes horas hasta terminar yendo al mercado para poder venderlo. Era un sueldo que se ganaba mientras su marido estaba en la mar. Me dijo que había ocasiones en los que tardaba casi 8 meses en volver a casa y que en días como el que hacía, no podía dejar de pensar en él.

La luz de la chimenea que calentaba la ropa y nuestros cuerpos, bailaba en la cara de aquella mujer que miraba fijamente como se elevaba las virutas encendidas. De vez en cuando pegaba un sorbo al caldo pero sin dejar de mirar el fuego. Me seguía contando que cuando terminaba de trabajar, venía a casa y tras comer, se iba a la costa donde se quedaba horas mirando la mar, preguntándose cuándo vendría su marido. Tal era la quietud del tiempo mientras que iba narrando su día, que me parecía estar delante del mar sintiendo como el tiempo paraba  ante tan colosal espectáculo.

Ahora, siento más cercana aquella persona que me ofreció refugio y un espejo donde mirarme. Cuando miro al mar, no dejo de pensar en todas aquellas personas que faenan o hubieron faenado. También, mirando fijamente las olas, siento que tengo a mi lado a aquellas mujeres que sueñan con el regresar de sus maridos, el regresar de su amor. Pienso, mientras miro las aguas, en aquel marinero que se echa a la mar y mientras se aleja en el norte, mira al sol y ve en la luz que desprende, la esperanza e ilusión de regresar al calor de su hogar.

Hoy pienso que no somos tan diferentes unos de otros. Hoy me veo reflejado en ella y en como podía entenderla muy bien mientras me iba narrando su historia. Aunque no le dije nada, su mirada penetro en mis ojos y pude ver como con los suyos me entendía, como sabía cómo me encontraba. No hizo falta ninguna palabra, más las que ofrecía el silencio y su mirar, para darme cuenta de que su felicidad estaba llena aún sin la presencia de su marido. Una felicidad como la mía.

 

Me temo que ya os debo dejar. Hoy parto para otro lugar y mi camino aún está por decidir. Espero que vuestro viaje, tal y como me decís en las cartas, a tierras germanas se resuelva pronto y haya fecha para ir. Una de las mayores ilusiones a la hora de viajar es saber cuando se empezará el camino. Espero que pronto lo sepáis y que vayáis en busca de aventuras. Yo por mi parte, me quedaré tranquilo en la quietud del tiempo, esperándoos como aquella marisqueadora.

Desde las Rías Baixas, vuestro joven y humilde juglar.

Pq

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Un pensamiento en “En el camino… la marisqueadora.

  1. Silenciocontraloblit

    Joven juglar, vuestra dama siempre está y estará a vuestro lado para que le cantéis vuestras más apasionantes canciones y leyendas al oído. Por muy lejos que estemos, por muchos mares que separen nuestras manos, nuestras almas siempre yacerán juntas. A eso lo llaman amor, o complicidad, como vos lo queráis llamar.Vuestra para siempre.La dama mediterránea.

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