Ojos de mar.

No hace mucho paseaba por la calle, cuando al doblar la esquina tropecé con una chica. De pelo rubio platino, ojos azules como el mar, piel firme y joven, cuerpo escultural y una voz que calmaría a la fiera más indomable. No la ví llegar, ni ella a mí, pero por causa de su ceguera.  La pedí perdón y me quedé pasmado al centrarme en sus ojos.
– ¿Cómo te llamas? – le dije.
– Alba – contestó.
Le dije que si podía acompañarla y pasear junto a ella si no tenía nada mejor que hacer y aceptó la propuesta. Me contó qué era lo que hacía, que estudiaba, a que se dedicaba y por donde salía.
Me coloqué de frente a ella, para mirarle a los ojos mientras caminaba de espaldas. Al rato me dijo que tuviera cuidado por si me caía. Nos paramos y al darme la vuelta una caja había en mi camino.
Le pregunté cómo sabía que ahí había una caja. Ella me dijo que la había oído moverse por el viento delante de mi camino. Me dijo que miramos demasiado, que nos centramos en la comodidad de los sentidos dejando otros a parte. Me dijo que para ver utilizamos demasiado la vista, para escuchar utilizamos demasiado los oídos, para hablar utilizamos demasiado la voz…
 
Me dijo que utilizabamos mucho de nada y poco de todo.
 
(pq)
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