Ojalá pudieramos sentir…

Ayer caminando me encontré con una niña pequeña, no más de 8 años tendría: llevaba un vestido blanco (de esos que tienen un cordón en la cintura y se atan con un lazo a la espalda), unos zapatos del mismo color, unas medias blancas y un lazo en el pelo, el cual se encontraba recogido en una coleta; hubiera deslumbrado su presencia si no fuera por las manchas de sangre a lo largo del lado derecho que tenía. Su cara, perpleja y medio inmóvil se centraba en otra niña que yacía tendida en el suelo. Ésta tenía un gran moretón en el ojo derecho, los ropajes estaban medio desechos y una brecha le abría la cabeza casi en dos partes. Su cara era el reflejo del pánico, del dolor y la impotencia. Sin dudarlo, cogí de la mano a la joven que se paraba de pié y la llevé conmigo.

Anduvimos en silencio durante un buen rato y en el silencio vimos a un hombre de unos 35 años en pie, parado frente a una muchedumbre. Al pasar entre todo el albedrío pudimos darnos cuenta de otra persona que yacía en el suelo. Tenía la garganta seccionada y la sangre aún brotaba a chorros. Me agache para socorrerlo y al tocarlo pude sentir el dolor de su cuerpo. Sentía como el aire no corría por mis venas, como el corazón poco a poco iba doliendo más y más como un músculo sin oxigeno para poder funcionar. Las pulsaciones más dolorosas y espaciadas las sentía en todo mi cuerpo. Intentaba respirar pero no podía, algo me lo impedía. El miedo se acrecentaba en mis venas, en mi piel, erizando todos mis pelos sintiendo como la muerte se aproximaba. Al saborear mi propia sangre dejé de ver con claridad.

Al levantarme abrace a la niña que traía de la mano y sentí el miedo al ver los ojos viciosos de aquella persona. Sentí como me arrancaban la ropa sin poder impedirlo y como me penetraban rompiendo mis entrañas. Un dolor agudo. Sentí la piel de aquel hombre y degusté con repugnancia el sudor de aquel animal. Enmudecí al notar el puño de aquella persona en mi ojo, reventando por unos instantes la alegría de vivir. Sumido en un dolor en todo en cuerpo por la violación todo acabo con el golpe de piedra que seccionó la cabeza.

Al separarme de la niña, cogí nuevamente su mano y la de aquel hombre detrás de la muchedumbre y, tras darnos la vuelta y comenzar a andar, les dije que siendo yo la muerte no hubiera querido esa para mí.

 

Una niña violada, un hombre con la garganta cortada a cuchillo, una brutal paliza, una bala por la espalda, un puñal en el pecho… Ojalá pudiéramos sentir todos la muerte para no querer dársela a nadie.

 

(pq)

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3 pensamientos en “Ojalá pudieramos sentir…

  1. yolanda

    No me hace falta sentir la muerte en mi cuerpo para aprender a valorar la vida, si es cierto que no siempre se pasa bien y que no siempre es justa pero nada de eso justifica que matemos a nadie, ni siquiera con palabras

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