Una tontería…

 

¿Por qué vistes de esa forma?, me preguntaba ayer un amigo. Me comentaba si era por si seguía una moda o porque vistiendo de tal forma era aceptado por el resto de la gente que así vestía.

Yo le contesté que ni por eso, ni por ser admirado, ni por tener envidia… simplemente por comodidad. Y he de decir que no es simplemente el hecho de decir que algo es cómodo, sino que realmente lo es. Hay gente que se jacta de decirlo y nada más llegar a casa lo primero que hace es quitarse la ropa y ponerse otra “más cómoda” o quizá por no tener la misma todo el día, pero y si tuviéramos que tenerla puesta durante mucho tiempo, ¿la elegiríamos?

Creo que muchas veces es simplemente ropa que se mete por los ojos. ¿Llevarías unos tacones altos todo un día?, ¿podrías tener esos pantalones vaqueros ceñidos durante más horas de las necesarias?… A veces veo como la gente presume simplemente; ya no es solo algo necesario, se convierte en un bien de lujo y en la que mucha gente ha encontrado una mina de oro, que cultiva una belleza exterior, la adorna, la enriquece y la diviniza.

Muchos otros toman la ropa como un símbolo y para diferenciarse del resto de la gente y ser admitidos en un grupo de gente que imita el mismo rol. Hay también gente que obliga a formar ese rol mediante la ropa. Gente que ha de ir de etiqueta a ciertos lados o que ha de trajearse para poder ir a su trabajo. Quizá el trabajo sea un martirio si empezamos por la simpatía que nos crea estar trabajando de una forma en la que no nos encontramos a gusto: con esos pantalones o esa corbata.

Pero seguimos vistiendo de esa forma para ser igual que otros o mejor que otros aunque no nos sean cómodos, seguimos yendo a trabajar con esos malditos trajes que no nos son cómodos, seguimos… seguimos queriendo ser alguien que no somos y que nos incomoda llegados a casa.

            Quizá no sea más que una tontería todo esto, pero a veces me da que pensar al mirar a las personas. Al igual que la modista, esculpimos la belleza exterior para aparentar más y agradar a más gente, dejando la interior a un lado y sobornándola con nuestro narciso al comprar. Esculpimos una belleza que ha de marchitar sin esculpir la que en el futuro se mantendrá tan joven y radiante como el día en que nacimos: la interior.
(pq)
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