En el camino… Guernica

¡Buen día mi señora!

 

            Largo tiempo ha que no os escribía, pero no ha sido por mí ni por dejadez, sino porque me faltó el dinero a mitad de viaje y no obtuve dinero para poder comprar tinta y papel. Sí, lo sé, ¿por qué tanto tiempo? Os suplico que me dejéis hablar.

            Después de salir del último pueblo, continué mi viaje por las tierras del norte y como de camino se encontraba el pueblo de mi tío, decidí ir a visitarle. Hacía ya dos días que me había quedado sin tinta y papel, pero no estaba a más de otros dos días, por lo que decidí comprarla una vez estuviera en el pueblo.

            Un día antes, hice la parada en una posada que de camino había y pedí al posadero un trozo de pan y algo de queso. Cuando me lo dio le pregunté cuánto quedaba para llegar al pueblo de Guernica. El posadero calló por unos instantes, luego, me dijo que a unos kilómetros el camino se bifurcaba en dos y que había de tomar el camino de la siniestra y que nunca mejor dicho, pues aquel camino era extraño y pocos se aventuraban a entrar por él.

            He aquí que dejando aquella posada llegué al cruce que me había dicho el posadero y me adentré, haciendo caso omiso a las advertencias del posadero, en el camino de la siniestra. Era un camino que subía por la falda de una ladera, subida bastante dura y pronunciada cobijada por un bosque frondoso. Aún era pronto y el sol despuntaba en el cielo con lo que el camino y el remontar de la montaña se hacían muy pesados. Al emprender la bajada la niebla empezaba a apoderarse del camino y la oscuridad con ella. Era muy espesa y no veía más allá de lo que alcanzaban a andar mis pies; durante media hora o una hora entera estuve andando sin saber por donde iba hasta que al descender la niebla se disipó y pude ver a lo lejos en el camino a una mujer.

            Bajé los pocos metros que me separaban de ella y al verme me dijo que no la hiciera nada, que ella no tenía nada que ver con la guerra. Yo le dije que no sabía nada de ninguna guerra y que venía simplemente a casa de mi tío Orbainz. Al oír esto, la mujer quedó más tranquila y le cambió la cara por completo. Me dijo que creía que era un soldado de esa guerra entre republicanos y fascistas. Yo le dije que no, que era de un pueblecito del reino de Toledo y que venía de un camino que me llevaba hasta tierras de los países catalanes. Me advirtió que no dijera muy fuerte a donde me dirigía por si acaso. Anduvimos un buen rato y lo que parecía un día grisáceo se transformó al disiparse la niebla en un día espléndido y caluroso.

El sol brillaba encima de nuestras cabezas y pasaban veinte minutos de las cuatro de la tarde. Cuando nos quedaba un kilómetro escaso para llegar al pueblo empezaron a sonar un redoblar de campanas. Al mirar a la mujer con la que iba para preguntarle a que se debían ese doblar el corazón se me congeló por unos instantes; la cara de la mujer bien hubiera parecido la de cualquier ánima: blanca, encajada, con el miedo en los ojos y medio temblando. De su boca solo salieron unas pocas de palabras y entre ellas solo pude entender: que Dios nos proteja.

De pronto un ruido se escuchó entre las montañas y ambos alzamos la mirada para ver qué era lo que se avecinaba. << Aviones enemigos. ¡Corramos!>> dijo la mujer y al instante emprendimos la carrera hacia el bosque que se encontraba al este de la ciudad. En menos de 2 minutos una explosión retumbó nuestros cuerpos y nuestros oídos haciendo que cayéramos al suelo. El golpe fue tremendo y pronto la sangre empezó a correr por nuestros brazos y piernas.

“¿Qué pasa, que ha sido eso?” le pregunté a la mujer. “Son bombas y balas de los aviones enemigos, pero no lo entiendo, el ejercito no se encuentra aquí, está en la ciudad a muchos kilómetros de aquí. Esto solo es un pueblo sin ningún interés, salvo… salvo… ¡malditos!”. No entendía nada pero al cabo de un momento el cielo se cubrió de cientos de esos aviones que descargaban sobre la ciudad de Guernica esas bombas y balas sin ningún pudor. La mujer reaccionó y acordándose de su hijo emprendió la carrera hacia la ciudad. Entre bombas, explosiones, balas que silbaban por el aire volamos por la calles, mientras, los edificios se venían abajo o ardían o salían volando en mil pedazos por las bombas o desaparecían. Los cuerpos de las personas quedaban inertes a nuestro paso o se retorcían de dolor, unos con las piernas amputadas, otros sin estomago, otros llorando al hijo que en sus manos moría o yacía muerto. Una mujer desde el suelo, preguntaba el por qué, preguntaba qué le quedaba por proteger; debajo suya, una mano inmóvil de una niña; al momento, una bala atravesaba su cuerpo. En otra calle, una mujer desnuda corría dejando tras de sí un rastro de sangre. Otros maldecían, otros se escondían cerrando sus casas y en ocasiones se veían a un buen número de mujeres y niños intentando entrar en un mismo sitio. “Esto es el infierno” me dije, no había visto nada igual en toda mi vida y no creía que eso fuera real. Pero no dejaba de correr detrás de la mujer que tras girar una calle se metió en una casa y tras ver a su hijo se fue a arrodillar para abrazarlo y llevarlo a su pecho, cuando una explosión se los llevó por delante. Tras quitarme los escombros de encima perdí por completo el norte, tampoco veía el cuerpo de la mujer y de su hijo. “¡Dios!, ¿¡qué estás haciendo!?” Salí de nuevo a la calle y todo estaba vestido de rojo, de fuego y de dolor. Miré al cielo y una bola de fuego caía sobre mi cara sin darme tiempo a reaccionar.

Al abrir los ojos el sol cegaba mi vista. La niebla se había disipado por completo y un fuerte dolor de cabeza me dejaba tendido un rato más. Al levantarme observé que estaba en la cuesta que bajaba al pueblo de mi tío, pero el camino lo había perdido. Seguramente caí por la ladera. Anduve un rato más hasta encontrar un sendero. Me dije que por ahí tendría que llegar a algún lado, pues todos conducen a Roma. Durante una hora camine sin descanso hasta llegar a un pequeño manantial donde se me erizó la piel al leer una grabación en una lápida que rezaba:

 

“Hoy la vida llueve penas,

gotas de desesperación;

mis lágrimas son ríos, venas

que desangran el corazón.

La memoria de una mujer

son los besos que recibió;

en tus labios yo viviré,

en tu ombligo yo moriré.

Hoy mis lágrimas

se quieren suicidar

acurrucadas, morir en tu piel,

han nacido secas, tienen sed.

Mi llanto hoy se  quiere morir.

 

Como un beso prometido

a tu alma es mi voz.

Soy lo muerto y lo vivido,

soy la calma, soy tu dios.

Cierra los ojos y te llevaré

donde los sueños se hacen canción.

La vida duele, te curaré,

duérmete y sueña, te acuna mi voz.

Hoy mis lágrimas

se quieren suicidar

acurrucadas, morir en tu piel,

han nacido secas, tienen sed.

Mi llanto hoy se  quiere morir.

Si tus lágrimas se quieren suicidar,

guárdalas, pues vas a llorar;

llorarás océanos de mar,

duérmete, ya no hay dolor.

Hoy la libertad se ha quedado dormida y en silencio,

hoy la libertad a cerrado por defunción.

Hoy no hay libertad, hoy dios no está aquí, ni vendrá.”

 

            Mi señora, he aquí el por qué de no escribiros. No tuve tinta ni papel en una semana y por ello mi retraso.

            Ojalá mi sueño se quede en un sueño… Ojalá, pero hay algo en mi interior que se estremece y sabe que sucederá. El dolor teñirá un pueblo y su incomprensión. La vergüenza a una nación y a millones de personas.

            Hoy me duele saber que la muerte se los llevará a todos y que nada se aprenderá de aquel error. La libertad morirá y la guerra seguirá siendo la moneda de cambió de la pretensión, el poder y el dinero.

            Os amo mi señora y perdonad estas cruentas líneas. Pronto me reuniré con vos y podremos hablar y volar como vos me escribís. Hasta pronto hermosa dama.

 

Vuestro en vida y muerte:

vuestro joven y humilde juglar.

 

(pq)

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