El bosque de fuego

No hace mucho tiempo viajaba por tierras celtas y en el camino fui a dar con un pueblo muy pequeño en la falda de una montaña majestuosa, en la cual decían había un lago que tenía propiedades curativas. Mucha gente venía y se quedaba maravillado con el paisaje y con el agua que por el lago y las cumbres rondaba para delicia de paladares. Tanto era así, que mucha gente se quedaba a vivir en ese pueblo, ya no solo por el agua sino porque allí encontraba a una persona especial.

            Y era curioso ver como sucedía todo el entramado amoroso de aquel pueblo, pues a la hora de cortejar la mujer entregaba una botella de esa agua al hombre y éste iba en busca de un árbol. Una vez que lo encontraba, iba con la mujer y allí se prometía; y juntos rociaban aquel árbol con el agua de las cumbres.

            Toda la vida del pueblo giraba en torno a aquellos árboles. Cada familia tenía su árbol y allí iban cuando había alguna fiesta o festejo que hacer. Se acurrucaban bajo la sombra y allí pasaban las tardes. También eran los confidentes de parejas que se encontraban a hurtadillas para no ser vistos y poder entregarse el uno al otro. Para los niños, eran como hermanos que crecían a la par que ellos y que con cara enfurruñada se iban al ver que el árbol que habían plantado ya era más alto que ellos. Los médicos, extraían de su savia la base de un ungüento que de generación en generación iba  pasando  y que tanto alivio daba  a las gentes del pueblo. Y eran los epitafios de toda una vida y amistad entre ambos.

            Todo se vestía  de una magia que impregnaba el ambiente y por las noches podía oír un murmullo en el aire y ver como por encima de esas copas del bosque, el cielo cambiaba de color como una aurora boreal.

            La complicidad de bosque y pueblo se dejaba ver en la alegría de aquella gente día tras día. La celebración de una fiesta casi mensualmente, motivaba a aquella gente. El aire que olía a tres aromas diferentes, el agua fresca y pura y la tranquilidad que rondaba el día a día, eran motivos suficientes para estar con una sonrisa de oreja a oreja.

            El turismo empezó a crecer en el pueblo, pues eran pocos los forasteros que se quedaban y la mayoría de los que se iban regresaban o hablaban maravillas de ese sitio. Así que pronto se abrió un camino más ancho para que pudieran venir sin dificulta, aunque no dejaba de ser rústico.

            Este camino al poco tiempo empezó a deteriorarse y una noche en la que había viento del oeste un vecino del pueblo avisto una luz en el bosque. Pronto la luz se convirtió en un mar de fuego que amenazaba con quemar el bosque y toda la vegetación de la montaña. Los vecinos, sin pensarlo, fueron en pos del fuego  cargados con barreños de agua, ramas, y todo lo que pudieron coger para combatir la tremenda tempestad que se avecinaba. Estuvieron más de 8 horas haciendo cortafuegos y apaleando nuevos focos que pudieran abrir nuevos frentes. El calor, semejante al del infierno, se mezclaba con el humo procedente de la combustión de árboles, arbustos y algunos animales que no pudieron escapar. La cara, la ropa, las manos de aquellas pobres gentes estaban negras y sus ojos no dejaban de llorar al contemplar como uno a uno, los árboles se iban envolviendo en fuego. Éste seguía su ritmo frenético y pronto estuvo a muy poca distancia del bosque del pueblo. Los habitantes, sin tener en cuenta que sus casas no estaban protegidas, fueron en una última acción desesperada a luchar hasta caer desfallecidos contra el fuego.

            La noche paso tan deprisa por el miedo del fuego que la mañana, aún adormecida, reflejaba con un pálido color el desastre sumido en el silencio. Los centenares de personas aparecían de pie, inmóviles ante aquel manto negruzco y humeante que envolvía la montaña. Todo había sido en vano. Con el primer rayo de sol, la primera lágrima calló al suelo y el sollozo se oyó por toda la montaña. Uno a uno rompieron a llorar por el desastre que habían contemplado… Se dice que mucha gente, el día del incendio, al ver arder su árbol, se adentro en el bosque y no se volvió a saber de él. 

            Al poco tiempo se supo que una empresa iba a edificar allí, en aquel cementerio aún humeante.

            Los días pasaron con tanta solemnidad como una marcha fúnebre. Todo el mundo miraba el monte y recordaban todo lo vivido. Allá no estaban los restos en ceniza de árboles. Éstos custodiaban millones de sentimientos: un primer beso, la eterna promesa de amor, el nacimiento de un hijo y la despedida de una persona amada. Por ese monte vagaban fuerzas que conferían al pueblo aquello por lo que vivir era lo mejor de la vida: Poder llegar a ser parte de una historia viva.

            Aquel pueblo pronto se perdió en el olvido, pero aún, cuando un monte arde, se oye el sollozo de una vida que se apaga.

 

 

 *pq*

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