El sonido del afilador

Todo tiene una historia que encierra o guarda. Lo bonito de esta vida es conocer lo que hay detrás, vivirlo en el mejor de los casos o ser parte de ello. Esto fue lo que le pasó a ella. ¿Qué había detrás de esa persona? Detrás de unas palabras.

Era un viaje como otro cualquiera que hacía con su hija. Le encantaba disfrutar de ella, de una de sus mejores amigas. Viajar con ella era uno de los mayores placeres: viajar con tu hija y mejor amiga.

Esta vez fue a un pueblo, a una casa rural. Les habían dicho que estaba en un paraje natural envidiable. Y así era. Uno de los pueblos de Soria más bonitos. Con las cumbres detrás del pueblo que guardaban fielmente las lagunas. Lagunas perennes, perpetuas y de aguas cristalinas, que reflejaban de una forma casi fotográfica a sus majestuosos protectores.

La casa era la típica de Soria: estructura de madera, con muros de mampostería de piedra en la planta baja y de tierra en la planta alta. Aprovechando cantos del río o piedras levantadas por los arados para fabricar un pequeño zócalo sobre el que asentar los muros. La planta baja se había reformado, no tanto para habitaciones sino para salas donde reunirse. La planta de arriba, antiguamente almacén de todo tipo de comida o materias para crear esa comida, ahora era para las habitaciones. Y con una de esas chimeneas circulares, legado de la época celtíbera.

Todo tenía su encanto y el fin de semana no podía haber empezado mejor. Nada más abrirse el día, el sonido del “chiflo del afilador” le transportaban a otra época. Se medio vistió para ver aquella rutina medio perdida por la rapidez de un mundo que pocos disfrutan. Su hija aún dormía y sin hacer mucho ruido bajó las escaleras y se paró en la puerta para ver al afilador atender a una vecina de 4 casas más abajo.

Era un hombre corpulento, llevaba un sombrero antiguo negro de piel que no dejaba ver su rostro. Una chaqueta de labrador, un pantalón de pana, unos botas viejas y una bufanda medio roída eran su vestimenta.

Cuando se giró para afilar unas tijeras de coser y un cuchillo que la vecina había entregado para que fuesen afiladas, pudo contemplar una barba poblada, algo desaliñada, con un color entre el rubio y el castaño.

La habilidad de aquel hombre era extraordinaria. En no más de cinco minutos ya tenía ambos artículos afilados como si hubiesen sido forjados en aquel preciso momento. El intercambio se produjo.

Ella se encontraba ensimismada, como cuando alguien se deleita con un baile bien realizado o una obra de arte que llega hasta lo más hondo de tus sentidos. Su estar, se vio quebrantada al mirar aquel hombre en su dirección. Ambos se miraron un instante. Ella no reaccionó, solo él, al ver que no hacía ningún gesto para llamar la atención, giró sobre sus pasos sabiendo que no requerían sus servicios 4 casas más arriba. Siguió su andar, empujando su máquina de trabajo y silbando ese soniquete que todos tenemos en la cabeza y que avisa, que está aquí cerca.

Sobre las 10 de la mañana y con su hija ya preparada, se fueron a visitar esas cumbres de las que tanto habían oído hablar y el motivo de tal viaje. A medio día ya andaban en la vereda de aquellas lagunas que no dejaban de asombrarlas a cada paso. En uno de los giros del camino, en mitad de la primera laguna, en una porción de tierra algo elevada se levantaba una casa casi abandonada. Se dirigieron hacia allí con paso lento y contemplativo. El camino era guiado por dos surcos finos hechos en el suelo, uno algo más significativo que el otro.

Al llegar a la casa, esta estaba algo destruida, pero la parte principal aún se aguantaba y era, más mal que bien, habitable. La puerta estaba mal encajada, pero no se podía abrir. A uno de los lados, una especie de carro, con dos ruedas, recostaba boca abajo. Al otro lado, 3 álamos decoraban aquella estampa algo paupérrima.

Desde lejos, todo tenía sentido, todo se enmarcaba dentro del mismo cuadro. Le daba un carácter conmovedor y viejo a todo el paisaje.

Sobre las 3 de la tarde llegaron de nuevo al pueblo y marcharon a beber y comer algo a uno de los restaurantes del lugar. Allí se enteraron de que a la noche, la fiesta mayor del pueblo se iba a llevar a cabo en la plaza del pueblo. Ambas decidieron ir aquella noche un rato.

Al ver que el camarero era del lugar, decidieron preguntarle si conocía la casa que en las lagunas había y a quien pertenecía. El camarero les dijo que pertenecía al afilador. El mismo que bajaba todas las mañana y subía al atardecer. Allí ha vivido siempre, pero que no conocían mucho de ese hombre. Desde hacía ya muchos años no hablaba con la gente del pueblo, tantos años como tiempo hacía que su familia desapareció. De eso hacía ya 30 años.

Después de comer visitaron las pocas zonas y edificios emblemáticos del pueblo y se fueron a descansar a la casa. Allí pasaron la tarde recostadas o leyendo, mientras la noche caía. Decidieron prepararse y partir a cenar por el pueblo para aprovechar el día de fiesta.

Desde bien temprano la orquesta empezó a sonar, amenizando la cena con canciones típicas de la zona. Al acabar de cenar, ambas se fueron al baile. Allí, su hija, bailó sin parar. A veces con ella, otras con algún mozo del lugar que le había caído en gracia. Ella se divertía viendo a su hija tontear con aquellos mozos.

Al finalizar una de las canciones, una mano se posó en su brazo y una voz la invitaba a bailar. Al darse la vuelta, contempló aquella silueta y aquella cara que le llamó la atención. Era aquel hombre: el afilador.

Aquel hombre iba con unos pantalones de pana azul marino, un jersey y una chaqueta de pana del mismo color; unos zapatos marrones y un sombrero del mismo color. Su barba, no tan desaliñada, parecía haber sido retocada de mala forma. Ella iba con un vestido entre blanco y rosáceo, con una cinta en la cintura y un sombrero rojo.

Aunque algo asombrada aceptó. Empezaron a bailar y ella le preguntó si era el afilador y que cómo se llamaba. El no contestó y se limitó a bailar. Y así fue, ambos bailaron en silencio. Él no dejaba de mirarla y ella hacía lo mismo. Su hija, conmovida por aquella estampa, no pudo evitar sacarles una foto.

Antes de acabar el baile, ella no pudo contener el silencio y le dijo que le gustaba mucho como bailaba, que era agradable bailar con él. Pero él no contestó.

Al finalizar la pieza, se miraron un momento. Para su sorpresa, el rompió ese silencio para decirle algo. Con paso firme sin girar la cabeza se marchó, con ese paso que un día antes le había visto.

Ella se quedó sorprendida y con una curiosidad por todo lo que había pasado. Aunque siguieron hasta bien entrada la noche, ella no pudo dejar de pensar en ese hombre.

A la mañana siguiente, se levantó temprano y fue a la plaza del pueblo, donde, cerca de la caseta los más ancianos del lugar descansaban dándose un baño de sol. Se sentó al lado de aquellos hombres que miraron sorprendidos a la mujer. Ella preguntó al que tenía al lado si había vivido siempre en este pueblo. Éste le contestó que sí. Sin dudarlo, le preguntó si conocía al afilador y sabía por qué llevaba tanto tiempo sin hablar con la gente del lugar. Él anciano le dijo que sí, que era una historia antigua.

Le contó que hace más de 30 años aquel hombre era uno de los más felices del pueblo. Todos le veían siempre alegre y sobretodo, muy enamorado. Ella también debía estarlo al vivir con él allá arriba en las montañas. Muchos días se les veía bajar alegres desde las cumbres y no paraban quietos por el pueblo, siempre estaban jugando o bailando.

Pasaron los años y una desgracia sobrevino. La mujer de aquel hombre murió a los pocos meses de estar embarazada de dos criaturas. Nunca se supo el porqué de aquella muerte.

Cuentan que no quiso que se hiciera ningún funeral aunque todo el pueblo se volcó a ayudarle. Se sabe que las enterró al lado de su casa, donde ahora están esos tres álamos.

Nunca más bajó al pueblo salvo para trabajar, nunca más se le ha vuelto a ver feliz. Y nunca más se le ha oído hablar.

Esta historia la estremeció y se quedó callada sin preguntar nada más. Se levantó dando las gracias a aquel hombre y se marchó pensando a casa.

Su hija y ella recogieron y de vuelta a casa, su hija le dejó la cámara para ver todas las fotos que habían hecho. Cuando vio la foto del baile con aquel hombre, unas lágrimas salieron de aquellos ojos. Su hija la preguntó si se encontraba bien. Ella le contestó con una sonrisa ahogada que sí.

Mientras miraba la foto no podía dejar de recordar aquellas palabras que al acabar el baile le dijo el afilador:

“Gracias, por un momento la he sentido de nuevo”.

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