Fuego

No hace mucho fui a una tetería, estaba en Granada visitando una amiga. Y como tenía unas cuantas horas para mi, decidí tomar un té y leer un poco. Entre los libros que allí había encontré uno algo polvoriento, de esos que el tiempo se empeña en vestir.

Era invierno y el frío llegaba hasta aquellas calles milenarias. La tetería tenía una chimenea y el fuego bailaba y cantaba con su peculiar contoneo y voz. Poco a poco empecé a leer una tras otras las páginas que más mal que bien podía ir pasando. Paraba, bebía algo de té, miraba el fuego y me quedaba hipnotizado por un momento. Seguía leyendo, bebía, miraba el fuego, bebía, leía y miraba el fuego. Pronto las letras se confundieron con las llamas y las llamas con las palabras. Como por arte de magia el fuego siguió contándome la historia que las páginas parecían susurrarle.

Me mostraba aquella princesa árabe que harta de la rutina de palacio bajaba a orillas del río, recorría aquel paseo repleto de quejigales y se tumbaba a disfrutar del verdor que ese pequeño oasis de una tierra seca le ofrecía. Su forma de comportarse, sus gestos y su cara mostraban esa libertad que tanto deseaba.

El fuego empezó a avivarse cuando mostró a un joven campesino que también hacia ese recorrido para ir a llevar la mercancía al mercado.

Cada día él se quedaba contemplándola sin saber tan siquiera quien era, sin tan siquiera acercarse a decirle nada.

Pero el tiempo hace que las palabras salgan no solo de la boca, sino también de las miradas. Y poco a poco fueron conociéndose en la distancia.

Con las primeras palabras, surgió un sentimiento que el primer beso selló para siempre.

Al principio era un día a la semana y más tarde, todas los días bajaban aquella orilla y juntos iban creando un mundo. Un mundo en donde ellos no eran parte de nada y simplemente eran ellos mismos.

El fuego empezó a debilitarse e imágenes de familiares de aquella princesa parecían disgustados. Del disgusto pasó a enfado y del enfado a la rabia. Aunque débil podía ver como una noche, ambos corrían por el bosque escapando de aquellos que les perseguían por no ser uno de ellos, de su misma religión.

Por la oscuridad, por la mala fortuna, por la incomprensión, aquella noche ella se precipitó por una brecha que la montaña dejó al formarse. Poco pudieron hacer los brazos de aquel campesino salvo acompañar con calor los últimos momentos de aquella joven princesa árabe.

Con el último suspiro, el fuego se apagó.

La leña quemada dejaba escapar el humo, que teñido estaba de rojo por las brasas aún candentes. Aquel humo dibujaba la figura de aquel campesino. Un campesino que miraba el cielo entre los barrotes de la prisión buscando una estrella, buscando su estrella. Recordaba aquellos días en los que eran libres. Los días en los que veía como se bañaba en el río y ella le decía que era parte de ese elemento, que era como el agua. No podía dejar de verla como algo puro, cristalino, natural.

Aunque quedaban aún algunos días para su sentencia, el humo me hacía ver la desesperación en su cara. Como a cada rato la idea de quitarse la vida le sobrevenía, pero justo en el momento de hacerlo la desilusión se cernía sobre él. Ella no estaría ahí. Ella árabe, el cristiano. Dos dioses diferentes, dos eternidades diferentes… Entre sueños gritaba y todo el mundo le oía maldecir y gritarle a dios: “¿Dónde está?, ¿dónde está?

Una mañana, un rayo de sol le despertó y un fuego, ese mismo que sentía cuando estaba con ella, le sacó de la desesperación. Decidió marchar. Y aquella noche, sin que nadie supiese nunca como, desapareció.

Solo quedaban las brasas en aquella chimenea. Aquel rojo intenso y cambiante iba dando forma a vagas imágenes.

Un hombre ya mayor, con muchas marcas en la piel. Cada una de ellas de distintos momentos de su vida. Muchas de ellas, de sufrimiento por la perdida de alguien a quien un día amó para siempre. Muchas otras de viajar…. Aquel hombre visitó todo el mundo después de su mayor viaje, de la desesperación y la locura a la de una vaga esperanza. Y con una sonrisa iba mezclando distintos puñados de sustancias dentro de un mortero. Con ella hizo una bola que metió en un cuenco de agua. Con una simple chispa encendió la bola, que no dejó de arder mientras que aquel hombre cambiaba su cara por completo al ver aquellos dos elementos contrarios juntos. Sus ojos reflejaban aquella alegría que un día perdió entre los brazos.

Las brasas se apagaron y la ceniza que teñida estaba de varios colores, dejaba leer:

“Lo que los dioses y los hombres separan

por un momento, por una vida y para siempre

lo junta el amor”.

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