El poder de los seres humanos

Al principio, los seres humanos tenían los mismos poderes que los dioses pero eran tan vanidosos y orgullosos que se servían de ellos de cualquier manera.

 

Por eso, un día, un grupo de sabios, decidió quitárselos aunque no sabían dónde esconderlos.

 

 

El primer escondrijo que imaginaron fueron los océanos pero, después de haber reflexionado, llegaron a la conclusión de que los seres humanos, a pesar de todo, eran muy inteligentes y terminarían por encontrarlos. Enseguida pensaron en lo más profundo de la Tierra pero creyeron que allí también acabarían por descubrirlos. Entonces, pensaron ocultarlos en el espacio aunque pronto llegaron a la conclusión de que allí también los hallarían. Finalmente decidieron esconderlos en un lugar en el que nadie pensaría ir a buscarlos: en lo más profundo de su corazón.

 

 

Desde ese día, los seres humanos están buscando alguna cosa. Han cruzado todos los océanos, horadado la Tierra, explorado el espacio pero el único rincón donde jamás han pensado buscar es en lo más profundo de su corazón.

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Día del Libro en Carabanchel.

Otro año más hemos vuelto a salir al barrio para jugar con los más peques (que a veces no son los que menos edad tienen), reírnos y disfrutar de las palabras y las historias. Una mañana llena de actividades llevadas por Perkuteko (grupo de la zona infantil del Eko) y gente de la gestión del propio espacio sociocultural autogestionado y liberado. Se han dado libros a todos los que por allí pasaban gracias al puesto de libros libres perpetuo que hay en la Okupa y que hoy ha salido a la calle.

Todos los que participaban se iban con el libro que elegían y al finalizar la mañana, se han repartido todos para liberarlos por toda la plaza y de camino a sus casas. Libros que alguien podrá encontrarse y que como demandan de esta bella forma, tienen una vida más allá de las estanterías, librerías y calzamesas. Una vida con un camino libre en cualquier lugar.

día del libro 2. Cuentacuentos

Gracias a toda esa gente y a la de la asociación de vecinos de Carabanchel, el 28 de abril ha podido homenajear un día del libro autogestionado. Dando continuidad a muchos talleres y actividades que se hacen de igual forma durante todo el año. Sin necesidad de anunciarse y difundirse para un día, sin presupuestos grandiosos, sin opulencia.  Eso sí, con mucha ilusión y transmitiendo la felicidad en pequeñas cosas al igual que la ilusión que tienen ellos, los más peques, con tan poco (pero que es todo un mundo). 

día del libro. Cuentacuentos

Gracias a toda esa gente, he podido contar unos cuentos y disfrutar de la imaginación de los peques en las dinámicas de cuentos comunitarios y al escuchar cuentos al son de un violín.

Un placer, un verdadero placer. Muchas gracias.

Haciendo Eko, haciendo barrio.

WALL STREET Y LOS MONOS

Una vez llegó al pueblo un señor, bien vestido, se instaló en el único hotel que había, y puso un aviso en la única página del periódico local: que estaba dispuesto a comprar cada mono que le traigan por $10.
Los campesinos, que sabían que el bosque estaba lleno de monos, salieron corriendo a cazar monos.
El hombre compró, como había prometido en el aviso, los cientos de monos que le trajeron a $10 cada uno sin chistar.

Pero, como ya quedaban muy pocos monos en el bosque, y era difícil cazarlos, los campesinos perdieron interés, entonces el hombre ofreció $20 por cada mono, y los campesinos corrieron otra vez al bosque.

Nuevamente, fueron mermando los monos, y el hombre elevó la oferta a $25, y los campesinos volvieron al bosque, cazando los pocos monos que quedaban, hasta que ya era casi imposible encontrar uno.

Llegado a este punto, el hombre ofreció $50 por cada mono, pero, como tenía negocios que atender en la ciudad, dejaría a cargo de su ayudante el negocio de la compra de monos.

Una vez que viajó el hombre a la ciudad, su ayudante se dirigió a los campesinos diciéndoles:

Fíjense en esta jaula llena de miles de monos que mi jefe compró para su colección. Yo les ofrezco venderles a ustedes los monos por $35, y cuando el jefe regrese de la ciudad, se los venden por $50 cada uno.

Los campesinos juntaron todos sus ahorros y compraron los miles de monos que había en la gran jaula, y esperaron el regreso del ‘jefe’.

Desde ese día, no volvieron a ver ni al ayudante ni al jefe. Lo único que vieron fue la jaula llena de monos que compraron con sus ahorros de toda la vida.

Ahora ya tenéis una noción bien clara de cómo funciona el Mercado de Valores y la Bolsa.

Las dos vasijas.

Un cargador de agua de la India tenía dos grandes vasijas que colgaba a los extremos de un palo y que llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua al final del largo camino a pie, desde el arroyo hasta la casa de su patrón; pero cuando llegaba, la vasija rota sólo tenía la mitad del agua. Durante dos años completos esto fue así diariamente; desde luego, la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía perfecta para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable, porque sólo podía hacer la mitad de todo lo que se suponía que era su obligación.
Después de dos años, la tinaja quebrada le habla al aguador diciéndole:
-Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo puedes entregar la mitad de mi carga y sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir.
El aguador, apesadumbrado, le dijo compasivamente:
-Cuando regresemos a la casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino.
Así lo hizo la tinaja. Y en efecto vio muchas flores hermosas a lo largo, pero de todos modos se sintió apenada porque al final, sólo quedaba dentro de ella la mitad del agua que debía llevar.
El aguador le dijo entonces:
-¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Siempre he sabido de tus grietas y quise sacar el lado positivo de ello. Sembré semillas de flores a todo lo largo del camino por donde vas y todos los días las has regado y por dos años yo he podido recoger estas flores para decorar el altar de mi Maestro. Si no fueras exactamente como eres, con todo y tus defectos, no hubiera sido posible crear esta belleza.

La Cenicienta que no quería comer perdices.

Cenicienta…. ¿alguien sabe quién es?

En verdad esa es la historia que siempre, siempre, siempre nos han contado. Pero… ¿sabéis que pasó luego?

 Volvamos a ese punto de inflexión: el día de la noche que Cenicienta quería ir al baile por encima de todo. 

Veía a todo el mundo salir, ir a fiestas, comprar vestidos, decir lo guapo que eran las otras personas por su pelo, sus ojos, sus vestidos…. Ella quería ir. Y ese hada madrina que siempre nos han contado pero que nunca nos dijeron el nombre. ¿sabéis como se llamaba?

Pues se llamaba Consuelo y de apellido Mismo. Pero le gustaba que le llamaran Consu. Así que Consumismo le dio esa opción a la cenicienta. Haciendola creer que era a lo que tenía que aspirar.

Y al final… fue. 

 Bueno… vaya nochecita esa. Vio al príncipe que era Alto, Fuerte y Guapo. La verdad que Cenicienta no se acordaba muy bien de la fiesta. Los zumos le provocaron una indigestión bastante grande, pero a las 12 del día siguiente se levantó. No se acordaba mucho.

Y de repente, llamaron a la puerta. Y dos personas muy amables ellas con cascos, porras y escudos le traían un zapato de cristal. 

Cenicienta como no se acordaba lo primero que hizo es negar que fuera suyo. Así que aquellas personas muy amables, como estaban acostumbradas a eso de hacer todas las comprobaciones necesarias por el bien de descubrir los hechos, ante la negación, pues le pidieron el DNI… digo le dijeron que se probara el zapato.

A todo esto, La Consu revoloteando alrededor de Cenicienta:

 

  • Pero mira que zapato!!! si es de cristal!!! seguro que de bohemia!! Pontelo!!!

 

-Pero no es mío – Cenicienta.

 

  • Bueno, ya veremos luego como lo solucionamos!!

 

Así que Cenicienta lo que hizo fue ponerselo. Pero ponerselo. Que no le entraba el zapato pero apretó apretó para que entrara.

Con más dolor que alegría le entró el zapato. En ese momento entendío por qué le dolían tanto los pies aquella mañana después de la fiesta.

 Aquellas dos personas, al ver que habían hecho bien el trabajo por persuasión. Pues recompensaron a la Cenicienta sacandole el otro zapato, metiendoselo a capón y llevandosela… no en un carruaje, sino en un furgón. Y por costumbre, pues con unas cuantas caricias antes de entrar para que se sintiera como en casa.

 Y así pasó. Que el premio de Consu era casarse con ese principie Alto, Fuerte y Guapo.  Guapo guapo… pues es lo que tiene la fiesta, esta hada madrina que nos han contado siempre que se llamaba Consu Mismo. Que no todo es lo que parece. 

 

Que tu te casas con un principe pero luego está la familia. A este por lo menos, solo le gustaba jugar con la nieve en polvo, pero tenía un cuñado que le gustaba jugar con el dinero de los demás, un rey que le encantaba dictar democrácias y cazar animales… que es por eso que a este principe de Cenicienta, le encantaban tanto las perdices. Y le hacía hacer a Cenicienta (para que se sintiera como en casa) que cocinara cientos y cientos para él. 

Pero a Cenicienta no le gustaban, ella era Vegetariana. Porque si son tan bonitas volando y siendo libres, para que matar tantas si luego se dejaba el principe la mitad en el plato. Y muchas de ellas terminaban en la basura en vez de para su pueblo.

 Y para colmo tenía que estar subidas en esos zapatos de cristal de Bohemia tooooooodo el rato. No sabía como colocarse. Si se ponía recta se caía para atrás, hacialos lados, a veces hacia detrás pero dando una voltereta hacia delante… algo imposible. Así que poco a poco se fue encorvando más y más hasta parecer un jorbado. Y por ahí, en esa chepa, se iban acumulando sus sueños e ideas.

 Tanto pesaba esa chepa, que se empezó a poner mala. Puesto que hacer aquello que no sentís, que no queréis hacer, si es a todas horas como estar sentados en clase durante 8 horas con historia, matemáticas, geografía… cuando quizá sentís la necesidad de correr o de jugar o de gritar… pues eso, ya de mayor, pasa factura. Y a cenicienta se la pasó y enfermó.

Le entró fiebre, depresión, perdida, duelo, rabia, intolerancia democrática…

 Y aquí… un pequeño parón. Es lo bueno que tiene contar historias. Porque ahora no seré yo quien continúe… puesto que todos en algún momento somos los que hemos sentido así. Así que pido que cerréis los ojos, pequeños y mayores y que recordéis la última vez que os sentísteis así. Y quien lo sienta, que lo diga. ¿Qué os da rabia y cuando fue?

Y al igual que vosotros y vosotras, la cenicienta no pudo más y se lo dijo a todas las personas.

  • Este principe es un rollooooooooooooooooooooo!!! Y los tacones y cocinar perdices!!!!

 

Pero aquellas que no lo habían soltado nunca le dijeron: 

 

  • No te quejes, que has vivido por encima de tus posibilidades.
  • No te quejes que mira como estoy yo en unas plataformas de 2 metros porque mi principe es moderno.
  • Buah!! y el mío que es más de campo que las orugas y le encantan las vacas.
  • Hasta su madre le decía: ¿dónde vas a estar mejor?

 Un día andando por la calle con el carro a cuestas… yendo a por las perdices se encontró con un amigo de la infancia, ese que siempre estaba por el establo limpiando a los caballos y le dijo:

 ¿Pero Cenicienta?, ¿a ti no te gustaban los animales, eras vegetariana y te encantaba ir descalza por todos los lados?

 Pero casi no prestó atención. Era como una voz que se escuchaba en la lejanía. Y aunque la quisiera agarrar… desaparecía. 

 Cuando llegó a la carnicería a por perdices… allá estaban las otras princisesas. La moderna, la del campo, su madre, la vecina del cuarto, la abuela viuda….

 Y aquí llega el segundo parón.

Quiero que cerreís de nuevo los ojos. Y de lo que habéis dicho antes que os daba rabia. Que busquéis lo que sentís cuando os pasa, que intentéis sentir eso y cuando cuentre tres, cojáis ese sentimiento y lo saquéis en forma de grito: grande, pequeño, largo, fuerte, débil… como queráis.

 

1, 2, 3… Grito.

 Y fue allá, en esa tienda cuando se vio a ella misma. De otra forma, más mayor, más joven, con otra persona a su lado… pero la realidad le estaba mostrando como era ella. Y comprendió que la única forma de ayudarla, era ayudándose a ella misma. 

Y fue entonces cuando apareció el Hada Basta. Un hada que tenemos muy dentro de nosotros, esa que no queremos oír, pero que sabe perfectamente como nos encontramos. Quizá no sea alta, rubia, esbelta. Pero sí es el Hada que más nos quiere. Porque siente todo lo que nos pasa.

 Y nada más aparecer, éste hada no la dijo nada, simplemente la abrazó. Y cenicienta rompió a llorar.

 acía tanto que no lloraba que de sus lagrimas  salieron todos esos recuerdos: el principe, las perdices muertas, los tacones, su madrastra cuando la maltrataba, su padre que la trataba peor al no hacerla fuerte, sus hermanos que casi mueren por un desalojo de la comunidad, por aquel dibujo que le rompieron cuando no tocaba hacerlo… lloró incluso por dos vidas anteriores … por si acaso, para no repetir karma..

 

Y tras ello, se sintió vacia. Con el miedo que nos da a todos sentirnos vacios.  Pero lo que sintió es ligereza, es que podía meter lo que quisiera dentro de ella, lo que quería realmente.

 

Así dejó al principe, las perdices, los zapatos… todo y se fue.

Descubrió que lo primero que quería hacer era cuidarse, ese cuerpo maltrecho. Y se fue a bailar que tanto le gustaba, pero sin zumos y por el día. Y poco a poco se le fueron juntado la princesa moderna, la del campo, blancanieves, caperucita, pinocho, el rey león, aladín…. incluso yo estuve con ellas.

 

Sintió esa libertad de poder hacer lo que quisiera y como de dentro iban brotando sueños que se iban convirtiendo en realidad.

 

Montó un restaurante vegetariano “Me sobra armonía”.

Y era un sitio que a parte de comer también podían bailar y compartir con los demás.

 

Por fin se sintieron encantadas de verdad, no como en todos esos cuentos que esperaban a alguien para pedir la mano o las rescataran. Eso ya se acabó. Un nuevo cuento había comenzado:

 

Erase una vez mujeres y hombres que no estaban solas, que se entendía. Y unas perdices que volaban con otras perdices.

 

¿Fin?… Noooooo porque las historias no acaban nunca, al igual que la vida. Aún les va de maravilla y si queréis ir, hay muchos sitios en la ciudad para compartir con esas princesas y principes que han despertado. Os invito a ir.

 

Y para todas aquellas mujeres que no conocen a ese Hada Basta… decídselo y compartirlo. Que la busquen y que la llamen gritando si hace falta ¡BASTA! Y comiencen a compartir, no lo que ven fuera, sino lo que siente dentro.

La ciudad de los pozos de Jorge Bucay

Esta ciudad no estaba habitada por personas, como todas las demás ciudades del planeta.
Esta ciudad estaba habitada por pozos. Pozos vivientes… pero pozos al fin.
Los pozos se diferen

ciaban entre sí, no sólo por el lugar en el que estaban excavados sino también por el brocal (la abertura que los conectaba con el exterior). Había pozos pudientes y ostentosos con brocales de mármol y de metales preciosos; pozos humildes de ladrillo y madera y algunos otros más pobres, con simples agujeros pelados que se abrían en la tierra.
La comunicación entre los habitantes de la ciudad era de brocal a brocal y las noticias cundían rápidamente, de punta a punta del poblado.

Un dìa llegó a la ciudad una “moda” que seguramente había nacido en algún pueblito humano:
La nueva idea señalaba que todo ser viviente que se precie debería cuidar mucho más lo interior que lo exterior. Lo importante no es lo superficial sino el contenido.
Así fue cómo los pozos empezaron a llenarse de cosas.
Algunos se llenaban de joyas, monedas de oro y piedras preciosas. Otros, más prácticos, se llenaron de electrodomésticos y aparatos mecánicos. Algunos más, optaron por el arte, y fueron llenándose de pinturas, pianos de cola y sofisticadas esculturas posmodernas. Finalmente los intelectuales se llenaron de libros, de manifiestos ideológicos y de revistas especializadas.
Pasó el tiempo.

La mayoría de los pozos se llenaron a tal punto que ya no pudieron incorporar nada más.
Los pozos no eran todos iguales, así que, si bien algunos se conformaron, hubo otros que pensaron que debían hacer algo para seguir metiendo cosas en su interior…
Alguno de ellos fue el primero: En lugar de apretar el contenido, se le ocurrió aumentar su capacidad ensanchándose.
No pasó mucho tiempo antes de que la idea fuera imitada, todos los pozos gastaban gran parte de sus energías en ensancharse para poder hacer más espacio en su interior.

Un pozo, pequeño y alejado del centro de la ciudad, empezó a ver a sus camaradas ensanchándose desmedidamente. El pensó que si seguían hinchándose de tal manera , pronto se confundirían los bordes y cada uno perdería su identidad…
Quizás a partir de esta idea se le ocurrió que otra manera de aumentar su capacidad era crecer, pero no a lo ancho sino hacia lo profundo. Hacerse más hondo en lugar de más ancho.
Pronto se dio cuenta que todo lo que tenía dentro de él le imposibilitaba la tarea de profundizar. Si quería ser más profundo debía vaciarse de todo contenido…
Al principio tuvo miedo al vacío, pero luego, cuando vio que no había otra posibilidad, lo hizo.
Vacío de posesiones, el pozo empezó a volverse profundo, mientras los demás se apoderaban de las cosas de las que él se había deshecho…

Un día , sorpresivamente el pozo que crecía hacia adentro tuvo una sorpresa. Adentro, muy adentro , y muy en el fondo encontró agua…
Nunca antes otro pozo había encontrado agua…
El pozo superó la sorpresa y empezó a jugar con el agua del fondo, humedeciendo las paredes, salpicando los bordes y por último sacando agua hacia fuera.
La ciudad nunca había sido regada más que por la lluvia, que de hecho era bastante escasa, así que la tierra alrededor del pozo, revitalizada por el agua, empezó a despertar.
Las semillas de sus entrañas, brotaron en pasto, en tréboles, en flores, y en troquitos endebles que se volvieron árboles después…
La vida explotó en colores alrededor del alejado pozo al que empezaron a llamar “El Vergel”.
Todos le preguntaban cómo había conseguido el milagro.
-Ningún milagro – contestaba el Vergel – hay que buscar en el interior, hacia lo profundo…
Muchos quisieron seguir el ejemplo del Vergel, pero desandaron la idea cuando se dieron cuenta de que para ir más profundo debían vaciarse. Siguieron ensanchándose cada vez más para llenarse de más y más cosas…

En la otra punta de la ciudad, otro pozo, decidió correr también el riesgo del vacío…
Y también empezó a profundizar…
Y también llegó al agua…
Y también salpicó hacia fuera creando un segundo oasis verde en el pueblo…
– ¿Que harás cuando se termine el agua? – le preguntaban.
– No sé lo que pasará – contestaba – Pero, por ahora, cuánto más agua saco, más agua hay.

Pasaron unos cuantos meses antes del gran descubrimiento.
Un día, casi por casualidad, los dos pozos se dieron cuenta de que el agua que habían encontrado en el fondo de sí mismos era la misma…
Que el mismo río subterráneo que pasaba por uno inundaba la profundidad del otro.
Se dieron cuenta de que se abría para ellos una nueva vida.
No sólo podìan comunicarse, de brocal a brocal, superficialmente, como todos los demás, sino que la búsqueda les había deparado un nuevo y secreto punto de contacto:

La comunicación profunda que sólo consiguen entre sí, aquellos que tienen el coraje de vaciarse de contenidos y buscar en lo profundo de su ser lo que tienen para dar…

Fuego

No hace mucho fui a una tetería, estaba en Granada visitando una amiga. Y como tenía unas cuantas horas para mi, decidí tomar un té y leer un poco. Entre los libros que allí había encontré uno algo polvoriento, de esos que el tiempo se empeña en vestir.

Era invierno y el frío llegaba hasta aquellas calles milenarias. La tetería tenía una chimenea y el fuego bailaba y cantaba con su peculiar contoneo y voz. Poco a poco empecé a leer una tras otras las páginas que más mal que bien podía ir pasando. Paraba, bebía algo de té, miraba el fuego y me quedaba hipnotizado por un momento. Seguía leyendo, bebía, miraba el fuego, bebía, leía y miraba el fuego. Pronto las letras se confundieron con las llamas y las llamas con las palabras. Como por arte de magia el fuego siguió contándome la historia que las páginas parecían susurrarle.

Me mostraba aquella princesa árabe que harta de la rutina de palacio bajaba a orillas del río, recorría aquel paseo repleto de quejigales y se tumbaba a disfrutar del verdor que ese pequeño oasis de una tierra seca le ofrecía. Su forma de comportarse, sus gestos y su cara mostraban esa libertad que tanto deseaba.

El fuego empezó a avivarse cuando mostró a un joven campesino que también hacia ese recorrido para ir a llevar la mercancía al mercado.

Cada día él se quedaba contemplándola sin saber tan siquiera quien era, sin tan siquiera acercarse a decirle nada.

Pero el tiempo hace que las palabras salgan no solo de la boca, sino también de las miradas. Y poco a poco fueron conociéndose en la distancia.

Con las primeras palabras, surgió un sentimiento que el primer beso selló para siempre.

Al principio era un día a la semana y más tarde, todas los días bajaban aquella orilla y juntos iban creando un mundo. Un mundo en donde ellos no eran parte de nada y simplemente eran ellos mismos.

El fuego empezó a debilitarse e imágenes de familiares de aquella princesa parecían disgustados. Del disgusto pasó a enfado y del enfado a la rabia. Aunque débil podía ver como una noche, ambos corrían por el bosque escapando de aquellos que les perseguían por no ser uno de ellos, de su misma religión.

Por la oscuridad, por la mala fortuna, por la incomprensión, aquella noche ella se precipitó por una brecha que la montaña dejó al formarse. Poco pudieron hacer los brazos de aquel campesino salvo acompañar con calor los últimos momentos de aquella joven princesa árabe.

Con el último suspiro, el fuego se apagó.

La leña quemada dejaba escapar el humo, que teñido estaba de rojo por las brasas aún candentes. Aquel humo dibujaba la figura de aquel campesino. Un campesino que miraba el cielo entre los barrotes de la prisión buscando una estrella, buscando su estrella. Recordaba aquellos días en los que eran libres. Los días en los que veía como se bañaba en el río y ella le decía que era parte de ese elemento, que era como el agua. No podía dejar de verla como algo puro, cristalino, natural.

Aunque quedaban aún algunos días para su sentencia, el humo me hacía ver la desesperación en su cara. Como a cada rato la idea de quitarse la vida le sobrevenía, pero justo en el momento de hacerlo la desilusión se cernía sobre él. Ella no estaría ahí. Ella árabe, el cristiano. Dos dioses diferentes, dos eternidades diferentes… Entre sueños gritaba y todo el mundo le oía maldecir y gritarle a dios: “¿Dónde está?, ¿dónde está?

Una mañana, un rayo de sol le despertó y un fuego, ese mismo que sentía cuando estaba con ella, le sacó de la desesperación. Decidió marchar. Y aquella noche, sin que nadie supiese nunca como, desapareció.

Solo quedaban las brasas en aquella chimenea. Aquel rojo intenso y cambiante iba dando forma a vagas imágenes.

Un hombre ya mayor, con muchas marcas en la piel. Cada una de ellas de distintos momentos de su vida. Muchas de ellas, de sufrimiento por la perdida de alguien a quien un día amó para siempre. Muchas otras de viajar…. Aquel hombre visitó todo el mundo después de su mayor viaje, de la desesperación y la locura a la de una vaga esperanza. Y con una sonrisa iba mezclando distintos puñados de sustancias dentro de un mortero. Con ella hizo una bola que metió en un cuenco de agua. Con una simple chispa encendió la bola, que no dejó de arder mientras que aquel hombre cambiaba su cara por completo al ver aquellos dos elementos contrarios juntos. Sus ojos reflejaban aquella alegría que un día perdió entre los brazos.

Las brasas se apagaron y la ceniza que teñida estaba de varios colores, dejaba leer:

“Lo que los dioses y los hombres separan

por un momento, por una vida y para siempre

lo junta el amor”.